Gemma nunca recibió un puto poema.


 


   


Ella nunca recibió un puto poema. 

Ni el título de un borrador tachado. 

Ni un verso escupido en una servilleta de bar. 

Ni el inicio de una palabra a las tres de la mañana. 

Ni el olor de la tinta barata tocó su nombre. 

Ni hubo una puta inicial declaratoria en la dedicatoria de sus miserias.

Pero ella dio su vida. 

La dejó en el borde de la cama, en los desayunos fríos, en los silencios que se tragaba para no despertar a los monstruos. 

Y ni un puto poema. 

Ni siquiera una melodía desafinada en la ducha. 

Ni siquiera una ensoñación.

 Ni siquiera el pelo de una musa.

Gemma nunca recibió un poema. 

Pero ella sonrió sincera, aguantando el peso incondicional, entregando el alma. 

Ni el letargo de un sueño de mediodía llevó su rostro. 

Ni la punta del lápiz más afilado sangró sobre el papel pensando en su espalda.

Ni un puto verso, ni un puto poema. 

Ella dio la vida entera, y el otro, que se gastó las palabras en excusas y en miedos, se lo tragó todo en silencio, dejándola a ella sin una sola puta línea que justificara su paso por la vida.






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